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Literatura

Roberto Bolaño, Mario Santiago y
Los detectives salvajes

Por Claudio Bolzman
Roberto BolañoConocí a Roberto Bolaño durante mi primer viaje a España. Corría la primavera de 1977 y un amigo común me había dado su dirección en Barcelona. Roberto vivía en un amplio y antiguo “piso”, como dicen los españoles, que compartía con varios colocatarios y un gran número de perros y gatos. Roberto tuvo la gentileza de ofrecerme que alojara en el único cuarto vacío del departamento. Él había llegado de Méjico hacía poco. En ese país había pasado su adolescencia y había vivido los primeros años después del Golpe, luego de haber estado preso en Chile. Para subsistir en Barcelona, ejercía toda clase de oficios y en ese momento se dedicaba a vender enciclopedias catalanas, idioma que apenas conocía. Pero la mayor parte del tiempo Roberto lo pasaba escribiendo o leyendo en su cuarto. Tenía una vasta cultura literaria, opiniones muy claras y a veces tajantes sobre los autores que había leído, que expresaba con un sentido extraordinario de la fórmula entre dos pitadas de cigarrillo.

Los infrarrealistas

En Ciudad de Méjico había fundado, junto a Mario Santiago y a otros poetas jóvenes, lo que ellos habían llamado, el movimiento infrarrealista. Querían inventar un lenguaje que se acercara lo más posible a la vida, que fuera capaz de expresar sus contradicciones, que denunciara sus profundas desigualdades, pero que fuera capaz también de sacudir la rutina y abrir pespectivas a cada uno en su existencia cotidiana. Se inspiraban de un movimiento mejicano que se llamó el realismo visceral. En esos días Roberto preparaba en su cuarto un texto intitulado “DÉJENLO TODO, NUEVAMENTE. Primer manifiesto del movimiento infrarrealista”, que fue publicado en una revista de difusion confidencial, como muchas revistas de poesía, “¡Rimbaud, vuelve a casa!”.

El hombre que olía a viento

Más o menos por la misma época conocí en París a Mario Santiago, el otro protagonista del infrarrealismo. Un día se apareció por mi cuarto de “banlieue”, probablemente porque Roberto le había dado mi dirección. Mario era un poeta caminante. Jamás tomó un metro ni un bus en París y probablemente lo hizo muy rara vez en Ciudad de Méjico. A todas partes iba a pie, no sólo porque no tenía plata, sino porque era su manera de sentir y apropiarse las ciudades. Mario había adoptado la técnica de Henry Miller para subsistir: tenía una docena de direcciones de conocidos a los que iba a visitar regularmente cada dos semanas; así tenía su plato diario de comida asegurado, la posibilidad de ducharse y de pedir algo de plata prestada que no volveríamos a ver. Mario escribía en cualquier lugar y en lo que tuviera a mano, según la inspiración del momento. Donde estuviera suscitaba ambientes poéticos, ceremonias improvisadas: leía sus textos en voz alta y escuchaba con interés los de los demás. Mario era un poco Rimbaud que volvía a casa.

Indicios a distancia y reencuentro

Con Roberto nos carteamos durante varios años, pero como sucede a menudo, nuestra correspondencia fue espaciándose, hasta que los buzones respectivos se quedaron en la oscuridad. Mario Santiago volvió a aparecer y a desaparecer algunas veces, hasta que no supe más que efímeros e inciertos rumores de su vida.

Pasó el tiempo y fui descubriendo en Albatros y otras librerías las novelas de Bolaño. El azar quiso que hace un par de años, Rodrigo Díaz me preguntara si lo conocía, para invitarlo a participar en Ginebra a una mesa redonda sobre “Literatura y exilio” organizada por la Librería Albatros y el IUED. Apoyé con entusiasmo la idea. Fue la ocasión de reencontrar a Roberto y de compartir con él, de descubrir a su familia, de volver a admirar su conocimiento de la literatura y su compromiso intransigente con ella, de apreciar su sentido de la fórmula y de constatar que no había perdido un cierto gusto por la provocación.

Los inolvidables detectives salvajes

Mario Santiago y Roberto Bolaño ya no están. Mario fue atropellado al cruzar una calle. A Roberto se lo llevó una larga enfermedad. Quizás fueron a reunirse en los desiertos de Sonora con Cesárea Tinajero, extraordinario personaje de “Los detectives salvajes”. Ahora son Ulises Lima y Arturo Belano, héroes inolvidables de la epopeya realista visceral (¿o infrarrealista?), viajando a través del tiempo y el espacio en busca de un lenguaje que nos acerque a nosotros mismos. “Déjenlo todo, nuevamente”, pero no dejen de leer una de las más originales e interesantes obras contemporáneas.

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