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Derechos Humanos

De Eichmann a Pinochet, o la banalidad del mal
Por Gaspar Glavich
Hace 60 años, el 27 de enero de 1945, el ejército soviético liberaba a los 7.000 supervivientes del campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, y descubría con horror la “fábrica de la muerte”’ construida para exterminar sistemáticamente a todos aquellos seres humanos que el nazismo había decretado como sujetos de extinción: judíos principalmente, seguidos por gitanos, eslavos y homosexuales. De 1933 a 1945, seis millones de seres humanos serían aniquilados en el holocausto.

Auschwitz es el recuerdo de la crueldad humana y de la pesadilla hecha por el hombre que, cegado por su ideología, comete las peores atrocidades. Si bien en otros campos de exterminio como Buchenwald, Dachau o Mauthausen  se cometieron un sinnúmero de atrocidades, fue en Auschwitz  donde se llevó a cabo la aniquilación del mayor número de judíos, un poco más de un millón. La construcción de los crematorios para gasear y cremar a los prisioneros representó el primer genocidio planificado y organizado en la historia de la humanidad.  Conocerlo nos forja una conciencia, saberlo nos produce vergüenza y recordarlos es el mejor antídoto para que no vuelvan a ocurrir, porque un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla (dicen).

  El holocausto se convierte en hecho filosófico. En 1963, la pensadora norteamericana Hannah Arendt publica en la revista The New Yorker una serie de artículos sobre el proceso del Estado de Israel contra Adolf Eichmann, un funcionario del gobierno nazi y miembro de las SS que tuvo a su cargo la tarea de deportación masiva de los judíos europeos hacia el Este, donde fueron exterminados. Arendt no se detiene en la descripción de escenas escalofriantes. La autora no busca impresionar; más bien, quiere dar a entender qué es lo que le pudo ocurrir a la mente del "hombre moderno" –Eichmann sería el arquetipo de esta modalidad de ser humano– para que, en un continente, sobre el papel tan civilizado como el europeo, ocurriera lo que aconteció.

Lo que sobresale en su análisis es la sospecha de que Eichmann era un hombre sin atributos. Es decir que cualquiera podría ser Eichmann. Este en el juicio declara que simplemente, “cumplía órdenes, no tenía otra posibilidad, cumplía con su deber”. Para Arendt era un “hombre normal” que, por una serie de circunstancias en las que su voluntad no tomó parte, se vió envuelto en la gran masacre. Si no hubiera estado allí, probablemente jamás habría matado.

Es la misma posición adoptada por los responsables de crimenes cometidos en otros paises y en fechas más recientes. Tal es el caso de los militares que están siendo juzgados actualmente en Chile. Dicen y declaran exactamente lo mismo : ellos no se sienten culpables, solo cumplieron órdenes. También, como en el regimen nazi, cuyo objetivo era el de eliminar, hacer desaparecer al pueblo judio de la faz de Europa, el régimen militar instalado en Chile por la mano de la CIA y los intereses de las empresas transnacionales se fijó como meta inmediata la extinción física de aquellos chilenos que fueron considerados un peligro para el nuevo sistema que se iba a construir. Para cumplir con esta eliminación planificada y organizada por los altos mandos, se arrancaron salvajemente a las víctimas de su entorno familiar, fueron torturadas, violadas, mutiladas y finalmente asesinadas friamente. Sus cadáveres arrojados al mar o enterrados en lugares que aún hoy sus hechores se niegan dar a conocer.

El papa Juan Pablo II se refiere a Auschwitz como “el trágico fruto del odio programado”. Ese mismo « odio programado » fue el incentivo usado en Chile para justificar lo injustificable. Odio programado y enseñado con tiempo suficiente en los cursos de la Escuela de las Américas allá en Panamá, en las clases impartidas por instructores yanquis a los ejércitos de América del Sur. Fue también la frase que la derecha chilena transmitía públicamente en sus periódicos para preparar el golpe de Estado : « Junten odio, chilenos ». Así fueron concientizados los torturadores y asesinos, que como Eichmann eran también simples funcionarios que supieron cumplir órdenes y que ahora, sin remordimiento, se sienten injustamente mal tratados, “perseguidos” por la justicia. Un ex coronel torturador confeso se suicida, dicen, incapaz de soportar “tanta persecución”. La actitud de los militares chilenos, o argentinos, represores latinoamericanos en general, o los responsables de masacres como Sabra y Shatila en Palestina o las miles de muertes cometidas por los “liberadores” del pueblo iraquí, todos ellos utilizan la misma defensa cobarde utilizada por los genocidas nazis.

Pero la teoría de la banalidad del mal sobre la que reflexiona Hanna Arendt, se transforma en algo mucho más tenebroso cuando aparecen voces que piden terminar ya con la memoria, con la exigencia de justicia en Chile. “Miremos al futuro” dicen voces que vienen del mismo sector al que pertenecieron las víctimas. ¡Basta de juicios interminables! ¡Los juicios no deben de durar más de seis meses! Con dirigentes políticos así, de seguro que no se habrían efectuado estos actos por los 60 años de la liberación de Auschwitz y ni siquiera habrían habido juicios a Eichmann ni a Barbie y hasta es posible que estos hubiesen ocupado un puesto de senadores vitalicios en Alemania ! La banalidad del mal permite eso y mucho más.

Hoy está de moda juntar indignidades de una y otra parte: consensuar, en suma y desde un cinismo exasperante declararse arrepentido de haber provocado la reacción de los que poseían las armas. Todos fuimos culpables dicen, del delirio de muerte que las dictaduras impusieron a su paso. Ése es el discurso del consenso que se impone en todas partes: Guatemala, El Salvador, Chile, Argentina. El terror se impuso en la sociedad inocente, porque nadie es inocente cuando la violencia es imparable. Eso dicen los del consenso.

Pero, aunque les pese a algunos, Auschwitz se ha convertido en la permanente llamada a la conciencia para mantener alta la guardia frente a ese asesino potencial en que es capaz de convertirse hasta el ciudadano más ejemplar si permite que el odio o la indiferencia quiebren sentimientos como la solidaridad y la compasión, la defensa del más débil y la empatía hacia todo otro ser humano. Transcurridos 60 años (y para los chilenos 32 años), son cada vez menos los testigos de aquella pesadilla y, en consecuencia, más fáciles el olvido y la trivialización de este tenebroso hito. Pero la memoria de Auschwitz (y la de Chile) es un deber moral inexcusable hacia las víctimas, hacia las generaciones futuras y hacia la humanidad en general, siempre necesitada de mirarse en el espejo para que jamás vuelva a suceder nada semejante. El peligro de que se deforme la historia no debe ser minimizado. La banalización de los crímenes contra la humanidad, las manipulaciones de historiadores o de seudohistoriadores y de politicos “renovados” más interesados en sus cargos y prebendas que en ser consecuentes con sus electores, amenazan con oscurecer no sólo el conocimiento de lo sucedido, sino también las lecciones que aquellos hechos constituyen para el presente.

Recordar las historias trágicas de los pueblos y preservarla en la memoria colectiva es un reconocimiento simbólico a sus víctimas y un deber de justicia histórica. Explicar y educar a las nuevas generaciones, es la tarea de quienes creemos aún que la sociedad humana puede convertir en realidad eso de que : otro mundo es posible.

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