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Opinion

¡A integrarse se dijo…!
Desde hace un par de años, la temática de la integración vuelve a aparecer en la prensa, en los debates políticos y/o ciudadanos, pero sobre todo de parte de la 1era generación de inmigrantes, como un boomerang que se lanza pero que siempre vuelve. Al tratar la problemática de la integración, me doy cuenta que el mensaje se dirige particularmente a los jóvenes adultos, hijos de inmigrantes, de orígenes diversos. Sin embargo, esta solicitud constante y (demasiado) repetitiva me empieza a causar molestia.
por Gabriela Salazar Scherman

La integración… Llegué a este país a los 3 años, hablo perfectamente francés –incluso con cierto acento ginebrino–, hice toda mi escolaridad aquí, trabajo con abogados suizos… y, en el fondo, me siguen pidiendo que demuestre, a través de mi escritura, de mi participación ciudadana o asociativa, que me “integré”. Me parece casi insultante, ofendedor, como un recuerdo perpetuo que tengo color de piel un poco más oscuro, padres que hablan francés con acento español y que nunca nadie dirá, al verme por primera vez, “Tiens! Voilà une typique Schwyzoise!”.

Creo que muchos pierden la noción de lo que significa la palabra integración. Porque de tanto demostrar que nos hemos integrado, terminamos por demostrar lo contrario: todavía nos cuesta. Todavía nos sentimos al margen, tan al margen que debemos, por ejemplo, publicar artículos en francés en revistas latinoamericanas, para dar la prueba que somos “de gentils genevois”.

No hay que confundir “integración” y “asimilación”. Integrarse no significa ser exactamente como un suizo “de souche”. Integrarse significa lograr vivir y adaptarse a una sociedad, a una cultura que no sea la de origen. No significa que uno deba perder su cultura de origen. No pienso parar de hablar o escribir en español simplemente porque estoy bien integrada. No pienso negar mis orígenes diversos, chilenos, argentinos, bielorrusos, simplemente por sentirme bien integrada. Las culturas diversas son una riqueza que uno puede aportar. Uno se integra bien o no según como logra armonizar la cultura del país con su propia cultura. Me consta, en todo caso, que para nosotros, hijos de chilenos, demostrar constantemente nuestra integración es tan ridículo como comer fondue todos los días. Cansa y llega a ser peligroso.

No necesito demostrar que me integré porque significaría que es algo que todavía no tengo claro. ¡Es como si yo misma me felicitase cada día por haber aprendido a leer y a escribir! Aprendí, punto. Me integré, punto. Siempre estuve integrada, siempre hice parte “du moule”. Pago mis impuestos, cotizo mi jubilación, voto, manifiesto en la calle por las causas que me parecen justas, me relaciono bien con la gente, suizos, afganos, rusos, africanos o bosnios.

Tengo la sensación que muchos padres deberían confiar un poco más en ellos mismos y en nosotros, la 2da generación. Estamos integrados. En el fondo, la prueba que los padres se integraron somos nosotros. Somos suizos (aunque no siempre con pasaporte, pero ese es otro tema), algunos incluso se presentan como candidatos a municipalidades, a diputados. Tenemos pololos o pololas de todo origen, trabajamos, pagamos impuestos, peleamos por lo justo. De tanto querer demostrar que estamos todos integrados, algunos padres sólo muestran que para ellos no es algo adquirido. Es como un trofeo que se debe reclamar una y otra vez. Pero deben entender que para los hijos, es una evidencia. Y creo que la mayor parte de los hijos de chilenos, nacidos por estos lados o llegados muy pequeños, estamos integrados.

Hay que tener un poco más de confianza… en nosotros, los hijos… en la vida… “Caminante no hay camino, se hace camino al andar…” (A. Machado).

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