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¿Me voy a Suecia?

Suecia ya no es lo de antes
Mail de Victor
Suecia no es más lo que era antes, pues en los últimos cincuenta años, tras la llegada de los inmigrantes y refugiados, se ha convertido en una nación multilingüe y multicultural, cuya diversidad ha modificado no sólo la fisonomía de su población, sino también algunos valores que antes se consideraban inmutables. Todos -o casi todos- tienen en sus venas la sangre del "otro", de ese "otro" que hoy se llama "inmigrante", y a quien, en épocas de depresión económica, se lo convierte en la percha de todos los males que golpean a la sociedad.

Al cabo de la Segunda Guerra Mundial se importó "mano de obra barata". La industria necesitaba fuerzas de trabajo y los inmigrantes pasaron a formar parte de la economía de este país. Por entonces, todos parecían haber olvidado la perorata de conservar la "pureza racial"; lo único que importaba era la seguridad social y el bienestar económico. Así que la primera generación de inmigrantes fue recibida con los brazos abiertos. Ellos fueron los obreros de la industria pesada, los empleados dedicados al aseo y al cuidado de los ancianos. Después llegaron los refugiados políticos que, a diferencia de los refugiados económicos, traían consigo un bagaje cultural amplio, una tradición de lucha y un nivel educativo que estaba por encima del "medel Svensson" (sueco medio). No obstante, en la medida en que se han producido cambios sustanciales en la economía sueca, se han agudizado también los problemas sociales, cuyas consecuencias inevitables se expresan en el aumentó de la desocupación, la segregación social, la criminalidad y la xenofobia contra el extranjero.

En Suecia, los políticos, que en otrora se llamaban "solidarios" e "internacionalistas", hoy están dispuestos a cerrar las puertas a los inmigrantes provenientes de otros continentes, amparados en las resoluciones discriminatorias adoptadas por la Unión Europea. Dicho de un modo claro y conciso, esta política restrictiva, que no llegó a conocer Olof Palme y que tiende a levantar muros contra el pluralismo y la diversidad, es una amenaza no sólo contra la inmigración, sino también contra los principios más elementales de los Derechos Humanos, puesto que si se quiere conservar la libertad, debemos defender la diversidad en una Europa abierta, no uniforme ni cerrada, en una Europa donde las decisiones que se tomen para los ciudadanos no sean decretadas sin antes consultar a los mismos ciudadanos a quienes representan, en una Europa donde todas las comunidades tengan los mismos derechos y posibilidades, y no sean marginadas ni eliminadas por el poder de los más fuertes.

Los inmigrantes constituyen una clase social relegada en el marco de la sociedad sueca. Forman parte de los grupos más marginados de las zonas periféricas de las grandes ciudades, donde la taza de desocupación y los problemas sociales constituyen las expresiones contundentes de la crisis mundial del sistema capitalista. Es natural que los inmigrantes se sientan discriminados, pues apenas están representados en el parlamento, en los medios de comunicación y en las esferas donde se deciden los asuntos económicos, sociales y culturales del país. Los jóvenes inmigrantes, aunque no siempre lo manifiestan, se sienten apátridas y viven como ciudadanos de segunda categoría, con la certeza de que no gozan de los mismos derechos ni de las mismas posibilidades que los nativos; peor aún cuando los partidos conservadores tienden a privatizar las escuelas en desmedro de las grandes mayorías -entre ellos los inmigrantes- y en beneficio de las capas más privilegiados del sistema social imperante.

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