| Chile en torno al año 1908 (segunda y última parte) |
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| escrito por Nelson Bustamante | |
| viernes, 08 de mayo de 2009 | |
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Las diferencias sociales eran enormes; este no era un fenómeno nuevo en Chile pero, a comienzos del siglo XX, esas diferencias se daban en un contexto de gran tensión, resultado de la existencia de grandes concentraciones de trabajadores muy pobres, del rápido crecimiento urbano, del avance paulatino de la alfabetización y de un mundo en el que circulaban las ideas de justicia social tocando a grandes masas de donde surgirían organizadores y dirigentes. Las ideas socialistas, anarquistas y social cristianas influyeron a personalidades que se situaban en diversas áreas del espectro político, pero minoritarias en el seno de la élite que gobernaba el país. Era el Parlamento el poder determi-nante en la política nacional. La Constitución de 1833 que había instaurado un sólido régimen presidencial, había sido modificada mediante diversas reformas en la segunda mitad del siglo XIX y, sobre todo tras la derrota de Balmaceda en la breve y acerba guerra civil de 1891, puesto al Ejecutivo en una situación de gran dependencia con respecto al Congreso, en particular en lo relativo al nombramiento de los ministros, que debían rendir cuentas al Parlamento. En general, el Congreso representaba a la oligarquía que dominaba el país desde la independencia. A fines del siglo XIX: “los capitales de los sectores agrícola, industrial o financiero son controlados por las mismas familias homogeneizadas por los matrimonios y las alianzas económicas; por ejemplo, los Edwards y los Cousiño habían invertido tanto en la industria como en la minería, la prensa y la agricultura; no hubo lucha entre algún sector industrial naciente y los otros sectores de la acción económica ... se trata de una plutocracia que es también una oligarquía que monopoliza para su provecho el poder político entre 1891 y 1925.” (Sarget, págs. 82-83).La vida parlamentaria era, no obstante, muy agitada, los diversos partidos tendían a agruparse en dos grandes bloques: las “coaliciones” en torno a los conservadores y las “alianzas” de orientación liberal; estas agrupaciones distaban de ser rígidas y los acuerdos contra natura y las deslealtades temporales eran posibles. Durante todo el período, los grupos parlamentarios imponían o retiraban sus ministros según el caso, la prensa informaba regularmente sobre las “crisis ministeriales” o las “rotativas ministeriales”, la duración de un gabinete no iba más allá· de unos pocos meses: entre 1891 y 1915 se cuentan 60 cambios de gabinete. Los jefes de partido gobernaban e intervenían en la administración para repartirse los puestos en función de sus clientelas electorales. Los partidos tenían escasas miras programáticas e ideológicas, los temas principales giraban en torno a la educación y la religión, gran tema de polémica entre conservadores y radicales (Galdames, pág. 456). Las demandas de vastos y crecientes sectores de trabajadores relativas a mejores salarios, vivienda, salud, educación y condiciones de trabajo, no podían expresarse en el marco político de la república parlamentaria. La llamada “cuestión social” fue, sin embargo, muy debatida y preocupaba sinceramente a políticos de todas las tendencias, en particular en las filas de los partidos Democrático y Radical y, a partir de 1921, a dos diputados del Partido Obrero Socialista (uno de ellos era Luis Emilio Recabarren). Pero estas voces eran minoritarias; como resume Blakemore: “El período parlamentario en la historia chilena, de 1891 a 1920, fue así una paradoja. Fue un período de rápido cambio social y económico pero de impasse política.” (pág. 527). Como en muchos otros países al mismo tiempo, los trabajadores chi-lenos crearon sus propios instru-mentos de acción social. El sindicalismo en Chile tuvo sus orígenes a mediados del siglo XIX en las sociedades mutuales de artesanos que no dejaron de desarrollarse hasta bien entrado el siglo XX: en 1900 había 240 sociedades, en 1925 eran 600 con unos 90000 miembros. A fines del siglo XIX, aparecieron las sociedades de resistencia del proletariado urbano industrial, muy influenciadas por el anarco-sindicalismo. Paralelamente, sobre todo en la zona salitrera, se creaban las mancomunales; en 1904 una convención mancomunal agrupaba 15 organizaciones que representaban unos 25000 miembros. Hacia los años 1920, el sindicalismo chileno tendía a la organización de grandes federa-ciones que reclamaban la justicia social y planteaban proyectos políticos de orientación socialista (Sarget, pág. 86). Existían también organizaciones obreras creadas al amparo de la iglesia católica, por ejemplo las Sociedades de San José, que fomentaban la ayuda mutua, el ahorro, la instrucción y la lucha contra el alcoholismo. Toda esta acción organizativa para ayudarse, defenderse y reclamar derechos, logró muchas veces beneficios y alivió sin duda situaciones extremas pero, en circunstancias en que los salarios se desvalorizaban constantemente y en que la legislación social era prácticamente inexistente, los modestos beneficios obtenidos eran insuficientes. Esta situación era agravada por las fluctuaciones del precio del salitre que provocaban despidos masivos, la baja de las exportaciones durante la primera guerra mundial y la competencia en aumento del salitre sintético. La continuación de la lucha reivindi-cativa era inevitable y creaba conflictos que terminaban en violentas represiones contra los trabajadores, en general con la intervención del Ejército; es el caso de la masacre de la escuela Santa MarÌa en Iquique en 1907. La “cuestión social” no desapareció con la represión. Aunque el Parlamento tendía a ignorar la alarmante situación social, aprobó unas pocas leyes favorables a los trabajadores sobre la habitación obrera (1906), el descanso semanal (1907) y los accidentes del trabajo (1917). Pero eran necesarios cambios más profundos para responder a las necesidades no sólo de los obreros sino también de los empleados y de ciertos sectores medios que se identificaban con los partidos radical y democrático y con algunos grupos liberales. El descontento general, el desprestigio del parlamentarismo y el deseo de cambios en la sociedad, fueron capitalizados por Arturo Alessandri Palma, Diputado liberal desde 1897 y elegido Senador por Tarapacá en 1915. En 1920, a la cabeza de la Alianza Liberal, apoyada por liberales, radicales y demócratas, y con un programa que proponía leyes sociales y reformas de la Constitución, Alessandri fue elegido Presidente. El clima político era desfavorable: baja de la producción de salitre, desempleo, agitación obrera, represiones sangrientas, inflación y, en 1924, funcionarios públicos y militares impagos por seis meses. Los militares estaban descontentos desde mucho antes a causa de sus bajas remuneraciones y de un sistema de ascensos inadecuado (Silva, pág. 744). El Parlamento proseguía sus querellas, provocaba cambios ministeriales y obstruía la legislación impulsada por el Ejecutivo aún después de las elecciones parlamentarias de 1924, cuando Alessandri y su jefe de gabinete, el Ministro Pedro Aguirre Cerda, debían contar con una mayoría de la Alianza en ambas cámaras. La salida de este atolladero político fue abierta desde fuera del marco constitucional: el Ejército intervino en septiembre de 1924 y obligó al Congreso a aprobar una serie de leyes, incluido el código del trabajo propuesto por Alessandri. Retomando la imagen de Collier y Sater: el nudo gordiano no fue desatado por los políticos sino que cortado por las fuerzas armadas. Fue el fin de la República Parlamentaria. En 1925, antes de terminar su accidentado mandato, el Presidente Alessandri obtuvo por plebiscito la aceptación de una nueva Constitución que regiría las instituciones chilenas hasta 1973. La lectura de los historiadores que analizan el período enseña que todo no ha sido tan sombrío y que ciertos aspectos positivos merecen ser destacados. Los ingresos del Estado fueron invertidos en obras públicas de envergadura que requerían una administración eficiente. A pesar de los frecuentes cambios ministeriales y repartos de puestos importantes según la influencia e intereses de los partidos, la mayoría de los autores señalan el contraste entre inestabilidad política y continuidad de la administración. Esto es quizás el reflejo de la existencia de una cierta “clase funcionaria” calificada y de personalidades imbuidas de la noción de progreso y con una visión de mayor perspectiva que la de la mayoría de la Èlite gobernante. Mencionemos algunas realizaciones importantes: Hacia 1914 era posible viajar en tren desde Tarapacá hasta Llanquihue y la red ferroviaria dis-ponía de dos líneas internacio-nales: Los Andes–Mendoza–Buenos Aires y Arica–La Paz, ese mismo año se reorganizaron los Ferrocarriles del Estado que adquirieron gran autonomía. El servicio de Correos y Telégrafos atendía a buena parte del país: en 1909 se contaban 579 oficinas telegráficas y, en 1911, 1104 oficinas de correo. En 1911 comenzaron importantes obras portuarias en Valparaíso y San Antonio. La educación fue objeto de constan-tes esfuerzos para mejorarla y modernizarla; según el Mensaje presidencial de 1912, había en el país cerca de 2900 escuelas primarias, 16 establecimientos de enseñanza normal, 79 liceos y diversos colegios de formación técnica, profesional y artística, dependientes del Estado; además de muchos establecimientos de enseñanza particulares. La población alfabetizada aumentó de 40% en 1907 a 50% en 1920; año en que se promulgó la Ley de Instrucción Primaria Obligatoria. Salvador Allende tenía 16 años en 1924, el futuro inmediato del país no sería menos agitado ni las crisis menos intensas, los problemas sociales se agravarían; para él y otros jóvenes de su generación, bastaría un mínimo de sensibilidad e interés por la suerte de la sociedad chilena para ser envueltos por el torbellino de la acción política. Bibliografía BLAKEMORE, Harold, Chile from the War of the Pacific to the world depression 1880-1930 en: The Cambridge History of Latin America, Vol. V, Cambridge University Press, 1986. Censo de Población de la República de Chile 1920, Dirección General de Estadística, Santiago, 1925. COLLIER, Simon y SATER, William F., A History of Chile 1808-1994, Cambridge University Press, 1996. Comisión Parlamentaria encargada de estudiar las necesidades de las provincias de Tarapacá y Antofagasta, Cámara de Diputados, Talleres de la empresa “Zig-Zag”, Santiago, 1913. Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Espasa Calpe S.A., Barcelona, 1930. GALDAMES, Luis, Estudio de la Historia de Chile, Editorial Nascimento, Santiago,1938. |
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