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viernes, 10 de septiembre de 2010
1910: el primer centenario Imprimir E-Mail
escrito por Nelson Bustamante   
lunes, 14 de septiembre de 2009

primer centenarioLa próxima celebración del Bicentenario de la primera Junta de Gobierno de Chile ha suscitado gran interés y favorecido la publicación de estudios referentes al proceso que, hace doscientos años, condujo a la independencia del país.  Este proceso estuvo integrado a la lucha de otras colonias españolas de América contra la metrópoli entre 1808 y 1824.  La reflexión sobre este acontecimiento concierne a un continente, el 18 de septiembre de 1810 es una fecha simbólica que marca la incorporación de Chile a ese movimiento continental; las celebraciones de más de un Bicentenario en el ámbito americano se prolongarán mucho más allá del año 2010.  En este artículo haremos abstracción del fundamental contexto hispano americano de esa evolución y comentaremos, de nuevo, otro aspecto de Chile de hace un siglo.

El creciente interés que despierta el próximo bicentenario va de la simple curiosidad por anécdotas históricas sobre los hechos de 1810, hasta el planteamiento de iniciar un profundo examen de nuestra evolución independiente durante los últimos dos siglos; este vasto campo abarca, también, un área muy particular: el aniversario del Primer Centenario de la independencia en 1910.  Muchos títulos han estado abordando el tema en los últimos años y en este artículo quiero presentar uno de ellos que nos retendrá, aún, en la época ya tratada en el boletín anterior.

El Centenario de Chile (1910).  Relato de una fiesta , de la historiadora Soledad Reyes Del Villar  (Globo Editores, Santiago, 2007), es un excelente libro, entretenido e instructivo, que recomiendo con entusiasmo a los lectores.  Nos relata, con razonable detalle y buen humor, las festividades de celebración en septiembre de 1910 que duraron casi tres semanas.  El volumen incluye anexos con escritos que, en estilos diferentes, nos muestran la visión del aniversario de cuatro personalidades en posiciones distintas.  Quienes deseen profundizar el tema  o concentrarse en ciertos aspectos específicos, encontrarán al final una rica y variada bibliografía.

Los días culminantes fueron, naturalmente, el 18 de septiembre: cañonazos, campanadas, desfile militar chileno argentino, Te Deum, garden party y fuegos artificiales; y luego el 19 de septiembre: ceremonias con las primeras damas, grandes almuerzos, Gran Revista Militar del Centenario en el Parque Cousiño con participación de oficiales y cadetes argentinos, cenas vespertinas y otros.  La gran fiesta tuvo lugar en la capital, Santiago; si bien en Valparaíso, Concepción y, en menor grado, en otras ciudades se realizaron ciertas celebraciones, éstas fueron relativamente modestas.  De la misma manera, aunque el multitudinario pueblo pobre también festejó a su medida, fue sobre todo un espectador deslumbrado por las brillantes manifestaciones de los poderosos.  Los habitantes de Santiago, a fin de cuentas, fueron más favorecidos.  Ya a fines del siglo XIX se proyectaba el hermoseamiento del centro y de los buenos barrios de la capital para celebrar el Centenario, a lo cual contribuían los nuevos estilos arquitectónicos, introducidos por las familias ricas, que reemplazarían y opacarían la sobriedad del viejo estilo colonial.

primer centenarioEdificios hermosos y parques placenteros que todavía apreciamos y visitamos datan de esta época, allí están el Museo de Bellas Artes, el Parque Forestal y la antigua Estación Mapocho; otros no lograron ser terminados en 1910, pero lo fueron más tarde y, así, hoy podemos contemplar las formas imponentes de la Biblioteca Nacional y de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile.  Señalándonos los lugares de los diversos actos oficiales, Soledad Reyes nos guía en una visita histórica de la capital.  Banquetes, inauguraciones, desfiles, espectáculos gimnásticos, carreras de caballos, discursos y misas figuran en profusión y están acompañados por ilustraciones y animadas descripciones de testigos directos y protagonistas de las celebraciones.

Pero no todo es fiesta; la autora nos explica en su introducción que el libro trata de las festividades del Centenario, sin embargo, no omite la presentación del contexto histórico, de aspectos socioeconómicos, políticos y culturales, en páginas concisas que nos muestran a grandes rasgos el período, refiriéndose a aspectos tales como el parlamentarismo, la cuestión social, la elite dirigente, el desarrollo de la sociedad urbana y de una nueva cultura urbana marcada por el deseo de la clase alta de asemejarse a la burguesía europea y, en estrecha relación, la apertura de Chile al mundo, “se abrió la puerta de Chile al cosmopolitismo” escribía Joaquín Edwards Bello (citado por S. Reyes).  En 1910, precisamente, se terminaba la construcción del Ferrocarril Trasandino.

Para una minoría de intelectuales y políticos provenientes de diversas ideologías, el centenario era un momento de crítica y denuncia de la realidad nacional, aquellos eran, como muy bien los denomina Soledad Reyes, los  “aguafiestas” quienes, desafortunadamente, solían tener mucha razón.  En una interesante reseña la autora nos menciona a Nicolás Palacios, Tancredo Pinochet Le Brun (autor del impactante  Inquilinos en la Hacienda de Su Excelencia), Enrique Mac Iver, Alejandro Venegas, Francisco Antonio Encina, Alberto Edwards, Guillermo Subercaseaux y Luis Emilio Recabarren.

Alejandro Venegas merece particular atención.  En 1910, este modesto profesor escribió una serie de cartas al Presidente Pedro Montt, publicadas bajo el título Sinceridad.  Chile íntimo en 1910, donde analizaba los diversos males del país y los contraponía a las fastuosas celebraciones.  La autora nos explica que “sus cartas fueron claras y enfáticas, constituyendo una especie de latigazo a la conciencia del país” y nos cita sus fuertes palabras:

“Santiago mismo, por más que ha gastado más de lo que tenía en afeites i se ha echado encima el concho del baúl para recibir dignamente el Centenario, no ha podido ocultar sus calles mal pavimentadas i cubiertas de polvo, sus acequias pestilentes, sus horrorosos conventillos que en vano trata de disfrazar con el nombre modernísimo de cité, sus interminables i desaseados barrios pobres, i, en fin, su aspecto de aldea grande i sencillota.”

En relación con las opuestas perspectivas de observación de la gran fiesta, la historiadora se refiere a dos expresiones que nos ayudan a comprender ese momento: “la crisis del Centenario” y “los dos Chiles”.  La primera resume el hecho de que el sistema político oligárquico, que desconocía sistemáticamente los crecientes problemas sociales y que por sus prácticas parlamentarias pervertidas impedía un verdadero gobierno del país, no podría mantenerse incólume; la segunda señala la profunda división entre las clases, que atravesaba toda la historia nacional y que, en su nuevo contexto minero, industrial y urbano, sería puesta en evidencia y denunciada.  “Así, para 1910 la crisis ya se había explicitado de tal forma que había logrado gran importancia y difusión.”

De esta lectura entonces se puede concluir que la fiesta del primer Centenario fue una fiesta de la oligarquía.  De la orgullosa oligarquía chilena que tras el tumultuoso período de 1810 a 1830, durante el que se sucedieron el primer intento de independencia (la “patria vieja”), un breve retorno de la autoridad española, las victorias de Chacabuco y Maipú, los directores supremos autoritarios, la efervescencia política y los intentos pipiolos de organización liberal del gobierno, logró finalmente imponerse en 1830 y establecer su orden pelucón conservador plasmado luego en la Constitución de 1833.

Suspendamos un  momento la lectura de Soledad Reyes para citar otros textos que tocan nuestro tema: “Los historiadores chilenos reconocen que la Constitución de 1833 dio forma jurídica a la realidad social y que Chile constituiría desde entonces una república, basada en la influencia de la aristocracia terrateniente y de la tradición colonial, y en el ejercicio efectivo de su poder político.  Los esfuerzos del liberalismo se orientarían en el sentido de modificar la estructura social y la fisonomía espiritual de la nación, en forma que respondieran a las necesidades de los tiempos y abrieran el cauce para el establecimiento de un régimen democrático.”  (Donoso, pág. 114).

Sin embargo, los avances del liberalismo no cambiarían el carácter de la sociedad chilena durante todo un siglo.  La “cuestión social” en 1910 alcanzaba proporciones dramáticas, pero la clase alta no la veía o no quería verla.  La celebración del Centenario era para ella la confirmación de su preponderancia y la culminación de un proceso de incorporación al mundo civilizado.  Leamos las palabras de Julio Pérez Canto, redactor principal de “El Mercurio” de Santiago en 1911, de su introducción a una presentación de Chile para una colección británica que describía las naciones del mundo:
 
primer centenario“El camino que este país ha recorrido en su primer siglo de vida independiente está marcado por acontecimientos que han hecho época, tales como la promulgación de la Constitución Política de 1833 – hasta el día de hoy la Carta Magna del pueblo –, la reforma de la legislación colonial española, la difusión de la educación pública gratuita, la construcción del primer ferrocarril en América del Sur, la introducción de la navegación a vapor, del telégrafo, del alumbrado a gas, de los tranvías urbanos y de muchas otras ventajas de la civilización.  En virtud de su progreso y a favor de los atributos de la raza y de la previsión de sus gobernantes, Chile está hoy a la cabeza de los pueblos latinoamericanos. ...  Al concluir un siglo de existencia independiente, Chile ha sido capaz de celebrar dignamente la fecha gloriosa de su emancipación política; la manera como las grandes naciones europeas participaron en las festividades públicas, ofrece un testimonio elocuente de la cordialidad de las relaciones que el país cultiva con todos los pueblos civilizados y de la apreciación, por parte de éstos, de su sabia organización, del orden y de la paz en los que sus instituciones se han desarrollado y de las garantías de que disfruta todo legítimo interés en tierra chilena.”  (Pérez Canto, págs. 91-92).

He allí el sentimiento, exaltado por la celebración del Centenario, que embriagó entonces a tantos chilenos.  Tres años más tarde, en 1914, un autor británico, redactor de otro libro sobre Chile para viajeros e inversionistas y publicado también en Londres, al describir el parlamento chileno, cuyos miembros debían tener una renta (no había dieta parlamentaria) y en cuya elección participaba una ciudadanía muy restringida (no votaban los analfabetos, que eran 60% de la población, ni las mujeres ni los no inscritos), no podía sino calificar la verdadera naturaleza de la sociedad chilena en los siguientes términos: “Esto, por supuesto, influye enormemente el carácter del Congreso Nacional, que realmente representa una oligarquía.” (Mills, pág. 75).

En todo caso, las fiestas del Centenario fueron magníficas y dejaron creaciones estéticas como las ya mencionadas.  Quiero ahora destacar una de mis favoritas: la estatua a don Alonso de Ercilla del artista barcelonés Antonio Coll y Pi, cerca del actual Parque  O’Higgins; Soledad Reyes nos informa que la colocación de la primera piedra del monumento, obsequiado por la delegación española, se efectuó el 19 de septiembre.  Allá está don Alonso sentado, aún, pensando un nuevo verso y, detrás, una musa araucana en postura inspiradora y protectora, tendiendo una rama de laurel o de voique (canelo) sobre su cabeza.

Mi admiración por esta escultura se extiende a otro ingente y doble homenaje literario: al mismo poeta y al siglo de existencia independiente del país, tributado por don José Toribio Medina.  Nada mejor que la elocuente explicación del profesor paraguayo Marcos A. Morínigo sobre esta obra:  “... dentro de nuestro siglo XX la crítica de La Araucana se enriquece notablemente con la aparición de la monumental edición del poema llevada a cabo por el famoso patriarca de la erudición chilena y meritísimo historiador y bibliófilo don José Toribio Medina (1852-1930): La Araucana de don Alonso de Ercilla y Zúñiga, edición del Centenario (Santiago de Chile, 1910-1918).  Cinco densos volúmenes que tardaron ocho años en imprimirse la constituyen, y como su título lo señala fue hecha para conmemorar el centenario de la fundación de la República de Chile, pero que al mismo tiempo es el más grande monumento a Ercilla y su poema y el más completo estudio que obra alguna del género épico español haya recibido.” (Morínigo y Lerner, pág. 87).  Es sorprendente constatar que los ocho años de trabajo de don José Toribio corresponden a los ocho años transcurridos entre la primera Junta de Gobierno en 1810 y la proclamación y jura de la independencia en 1818.

Finalmente, como la historiadora lo plantea, después de un siglo más ¿qué debemos celebrar en 2010, año del Bicentenario?  Sus consideraciones me llevan a la disyuntiva ¿celebrar o reflexionar?  Y creo que debemos aceptar la invitación de Soledad Reyes a un sano ejercicio intelectual:  “el Bicentenario se constituirá como un momento clave para evaluarnos y debatir diversas temáticas acerca de nuestra identidad nacional.  Al revisar los últimos cien años de nuestra historia, podremos reflexionar sobre lo que hemos sido, qué somos, qué queremos y hacia dónde vamos.”

Bibliografía

REYES DEL VILLAR, Soledad, El Centenario de Chile (1910). Relato de una fiesta, Colección Sucesos de la Historia de Chile - 2, Globo Editores, Santiago, 2007.

DONOSO, Ricardo, Las ideas políticas en Chile, Fondo de Cultura Económica, México, 1946.

MILLS, George J., Chile, South American Handbooks, London, 1914.

MORINIGO, Marcos A. y LERNER, Isaías, Edición de La Araucana de Alonso de Ercilla, Clásicos Castalia, Madrid, 1983.

PEREZ CANTO, Julio, Chile. An account of its wealth and progress,  Porter’s Progress of Nations, George Routledge and Sons Ltd., London 1912.

 
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