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Fray Camilo Henriquez: un manuscrito y un sermón Imprimir E-Mail
escrito por Nelson Bustamante   
lunes, 21 de mayo de 2012

Fray Camilo HenriquezEn febrero de 2012 se cumplieron doscientos años de la aparición del primer periódico nacional: La Aurora de Chile – Periódico ministerial y político. Se trata de un hecho fundamental en la historia del país; si bien esta primera prensa se dirigía a una minoría letrada, difundiendo ideas independentistas y republicanas, marcó una ruptura con respecto al oscurantismo del régimen colonial y extendió el debate político.  Este es un acontecimiento conocido por los chilenos: cada año el trece de febrero, día de la Prensa Chilena, se publican artículos que recuerdan la instalación de la imprenta, el primer número de La Aurora y el nombramiento y la vida de su ilustre redactor valdiviano, fray Camilo Henríquez González de la orden de los padres de la Buena Muerte (1).  En este modesto homenaje he preferido comentar dos de sus escritos, anteriores al semanario, que se refieren al establecimiento del primer Congreso Nacional de Chile en 1811 (2).

I

La junta de gobierno, establecida por el cabildo abierto de septiembre de 1810, reconocía la monarquía y no se proponía fundar un estado independiente; tenía un carácter interino mientras convocaba, manifestando una gran autonomía, un congreso con diputados de las provincias para organizar un gobierno definitivo.  Pero habían posiciones encontradas; los historiadores distinguen, básicamente, tres tendencias en la alta sociedad chilena: los radicales o “exaltados” que querían cambios de carácter republicano conducentes a una ruptura con la monarquía, algunos, sin declararlo, deseaban la independencia, otros, provenientes de las provincias, se oponían al predominio de Santiago; los moderados o “patriotas timoratos”, según la expresión de Jaime Eyzaguirre, controlaban el Cabildo de Santiago y temían una ruptura total con la monarquía y el virreinato; los realistas, opuestos a toda reforma, eran influyentes en el clero, entre algunos militares, hombres de negocios y en la Real Audiencia. 

La decisión de realizar un congreso se impuso y, en diciembre de 1810, la Junta aprobó las instrucciones para la elección de treinta y seis diputados.  Se trataba de una experiencia novísima y muchos no comprendían su alcance.  El 6 de enero de 1811 comenzó a circular en Santiago un vibrante manuscrito que llamaba a los chilenos, a los pocos que tenían voz y voto en el asunto, a elegir sus representantes; era una proclama firmada con un seudónimo: Quirino Lemáchez, anagrama del nombre de su autor.  Camilo Henríquez había vivido muchos años en Lima; antes de regresar en Chile había estado en Quito durante el movimiento revolucionario de 1809.  En Santiago, a fines de 1810, se había relacionado con el sector de los patriotas exaltados. Su proclama “produjo en todos los círculos una sensación inmensa y en el momento lo elevó al rango de uno de los más audaces y prestigiosos directores del movimiento revolucionario.” (3) 

La Proclama de Quirino Lemáchez

Cuánta satisfacción es ver el despertar de la patria  y su movimiento hacia la libertad, principio de la República y de grandes obras. La libertad ha elevado a algunas naciones y hoy aparecen los colonos norteamericanos, independizados de la corona británica, como  ejemplo para los pueblos.  En España el antiguo régimen ha caído, la monarquía se ha disuelto y un débil y lejano resto de autoridad (la Junta Central y, luego, el Consejo de Regencia) pretende “continuar ejerciendo la tiranía”, pero “vosotros no sois esclavos: ninguno puede mandaros contra vuestra voluntad ... La naturaleza nos hizo iguales, y solamente en fuerza de un pacto libre, espontánea y voluntariamente celebrado, puede otro hombre ejercer sobre nosotros una autoridad ...”

Nunca ha habido un pacto semejante, las provincias del imperio español se han conservado unidas y subyugadas a un Rey por la fuerza de las armas.  La dominación no se justifica; Chile, separado de los demás pueblos podría subsistir por si mismo gracias a sus riquezas y repeler cualquier asalto.  Es absurdo ir a buscar un gobierno arbitrario y corrompido a la otra parte de los mares.

Estaba escrito “que fueseis libres y venturosos por la influencia de una Constitución vigorosa y un código de leyes sabias”.  Esto dependerá de los representantes en el Congreso Nacional.  “Va a ser obra vuestra, pues os pertenece la elección”.  El ideal es el legislador filósofo que ilustra y dirige a los hombres, que estudia la historia y los sistemas de gobierno y que explica “la necesidad de separar los tres poderes: legislativo, gubernativo y judicial, para conservar la libertad de los pueblos.”

“Sólo los filósofos se atrevieron a advertir a los hombres que tenían derechos y que únicamente podían ser mandados en virtud y bajo las condiciones fundamentales de un pacto social.”  De esta clase de hombres deben salir los legisladores, que unan al saber la virtud patriótica: el sacrificio del interés personal al interés universal del pueblo.  No hay que buscarlos entre los que odian al nuevo gobierno, los indiferentes ni los que intrigan para ser representantes.  “Pero el hombre virtuoso, el ilustrado patriota, el que más haya contribuido a romper las cadenas de la esclavitud, éste es el que conoce mejor los derechos del hombre, el que quiere conservarlos, el que está animado de espíritu público...”.

II

Fray Camilo HerniquezLos meses transcurridos de enero a julio de 1811 fueron tensos.  Aumentaban las disensiones entre los patriotas exaltados, encabezados por Juan Martínez de Rozas, y los moderados, que dominaban el Cabildo de Santiago.  La mayor parte de las provincias habían elegido diputados radicales, que ya se encontraban en la capital.  El inminente establecimiento del Congreso alarmaba a los realistas que optaron por lo que consideraban un mal menor: apoyar al sector moderado.  La prédica de la mayoría de los eclesiásticos, que ejercía gran influencia moral sobre la sociedad chilena de entonces, profundamente católica, atacaba a las nuevas autoridades: el gobierno criollo era contrario a la religión y el proyecto de constitución un pecado contra Dios.  Esto explica parte de la argumentación del sermón de Camilo Henríquez que veremos más adelante.

Así, el 1º de abril, día de la elección de los diputados de Santiago, una rebelión militar intentó restaurar el gobierno colonial; fue dirigida por el teniente coronel Tomás de Figueroa que, hasta su traslado a Santiago en 1810, había servido desde 1775 en Valdivia y Concepción.  La sublevación fue derrotada por las fuerzas leales a la Junta; tras un juicio sumarísimo, Figueroa fue sentenciado y ejecutado horas después de su tentativa.  Este conflicto conmocionó la sociedad chilena, fue el primer encuentro armado y el primer derramamiento de sangre del proceso político iniciado en 1808 que, hasta entonces, se había desarrollado pacíficamente.

Es posible que entre los instigadores importantes de esta acción se encontraran miembros de la Real Audiencia, pero los historiadores no disponen de elementos de prueba.  La Audiencia fue prontamente disuelta por la partida de sus miembros, en algunos casos ordenada por la Junta.  Estas circunstancias reunieron por un tiempo a exaltados y moderados.  En cuanto a la Iglesia, un nuevo obispo auxiliar, Rafael Andreu, partidario de las nuevas autoridades, llamó a los clérigos a respetar y obedecer a la Junta.

Las elecciones de Santiago se efectuaron el 6 de mayo de 1811 y fueron un triunfo para los moderados.  La discordia entre los dos grupos patriotas recomenzaría.  La realización de comicios fue, en cierta medida, un acto revolucionario que rompía con el absolutismo colonial; pero señalemos que se trató de una experiencia democrática en el seno de aristocracias locales, la más importante la de Santiago.  Alrededor de novecientos hombres fueron llamados a votar en la capital: “individuos que por su fortuna, empleos, talentos o calidad, gozan de alguna consideración en los partidos en que residen, siendo mayores de veinticinco años” (3). (Se estima que la ciudad de Santiago tendría unos 30 mil habitantes y el partido del mismo nombre, algo más extenso que la región metropolitana actual, unos 64 mil).  En cualquier caso, si comparamos con las 437 invitaciones al Cabildo Abierto de Santiago que estableció la primera junta, debemos constatar un progreso.

El 4 de julio de 1811 se inauguró solemnemente el primer Congreso Nacional de Chile; Barros Arana señala que “algunos de los contemporáneos creyeron reconocer un propósito político por cuanto ese día era el aniversario de la declaración de la independencia de los Estados Unidos” (3).  El primer acto de las celebraciones fue una misa de gracias en la Catedral de Santiago durante la cual Camilo Henríquez pronunció el sermón patriótico.  Las ideas fundamentales son las de la proclama, pero hay nuevos elementos y un tono diferente considerando la circunstancia y las discusiones previas con los noveles congresales (4).

El Sermón en la Catedral

Aurora de ChileEsta ceremonia de invocación que da inicio a las sesiones del congreso muestra que la nación chilena está convencida de que su conducta es conforme a la doctrina de la religión católica y a la equidad natural.  La religión jamás aprobó el despotismo ni la servidumbre, jamás se declaró contra la libertad de  las naciones.  Los principios de la religión católica autorizan al Congreso Nacional de Chile a darse una constitución.  Si bien la religión exhorta a los hombres, considerados como individuos,  a la quietud y obediencia en las sociedades, ella no es favorable al despotismo.  Los hombres forman naciones que son libres e independientes, que deben gobernarse por sus propias autoridades y leyes.

“¿Qué se necesita para que un gran pueblo figure como nación entre otras naciones? Para esto le basta que se gobierne por su propia autoridad y por sus leyes. ... En épocas iguales a la nuestra, no es la religión espectadora indiferente de los sucesos...”  De las medidas que hemos adoptado “la más grande y la mas digna es la convocación y reunión de este honorable y magnífico Congreso que ha de dictar la constitución que rija al estado en la ausencia del rey.”  La religión católica no está en contradicción con la política. 

Disuelta la monarquía, el pueblo de Chile conserva inalterable su amor al rey y ha de tomar precauciones para que no se renueven los males que han oprimido a estas provincias; no compromete su lealtad ni se aparta de la justicia; en estas circunstancias es una nación aislada que busca su seguridad y su felicidad por sí misma.  Las naciones independientes constan de hombres libres y el más caro atributo de la libertad es elegir la constitución que más convenga. “Existen en la nación chilena derechos en cuya virtud puede el cuerpo de sus representantes establecer una constitución ...” 

Confiamos en que si Fernando VII vuelve a reinar en España o América, aceptará los pactos de nuestra constitución, conservará la libertad del comercio, nos mantendrá la prerrogativa de elegir nuestros magistrados y confiará a los ciudadanos su propia defensa.  Su majestad entonces iluminará “el congreso general de las regiones meridionales de América”.

La autoridad pública ha de fundarse sobre el consentimiento libre de los pueblos, el poder lo ejercen los representantes de la nación que tienen así la facultad de establecer las leyes  fundamentales que organizan el gobierno, éste es la fuerza central que regula la sociedad con el fin de lograr la seguridad, la felicidad y la conservación del estado.

“Hay deberes recíprocos entre los individuos del estado de Chile y los de su Congreso Nacional. ... Los primeros están obligados a la obediencia, los segundos al amor de la patria...”  De la observancia de estos deberes recíprocos nacen la dicha y la libertad; de su transgresión la licencia, la anarquía y, luego, la tiranía.

Pero el origen de los males estuvo siempre en los gobiernos.  La opresión precedió a las sediciones.  “La confusión y debilidad de la administración produjo siempre la anarquía y la licencia.”  Para que los pueblos conozcan sus verdaderos intereses hay que ilustrarlos, la instrucción general debe formar la opinión pública. “Esta es un agregado de ideas transmitidas y perpetuadas por la educación y el gobierno, fortificadas por la costumbre. Esta opinión hace a los pueblos libres o esclavos y forma el carácter nacional.”

El sermón termina con una exhortación a los legisladores y una invocación al “árbitro soberano de nuestra suerte, padre de los hombres, autor, vengador y protector de los cuerpos políticos”.

III

La proclama y  el sermón de fray Camilo, junto al Catecismo político cristiano del desconocido José Amor de la Patria, que promovía en 1810 la formación de una junta de gobierno,  son tres documentos capitales del proceso independentista chileno.  Redactados antes de la llegada de la imprenta, circularon en forma manuscrita; precursores del debate político público, querían crear una opinión favorable al establecimiento de un gobierno propio.  No obstante las limitaciones de la difusión de manuscritos (en el caso del sermón se trataba de un solo discurso), éstos podían ser muy eficaces, no olvidemos que estaban dirigidos a la reducida clase criolla dominante y quizás, en particular, a una minoría que ya tenía posiciones críticas sobre la situación de la colonia.  La gran masa de la población chilena era analfabeta, estaba marginada de los asuntos políticos; además, el lenguaje y los conceptos utilizados en estos escritos no eran simples, su comprensión requería un nivel elevado de educación.

Considerando la situación de desgobierno provocada por el cautiverio de la familia real y la guerra en España y que las colonias eran capaces de gobernarse, como en el caso estadounidense, y de subsistir con sus propios recursos, la proclama y el sermón de Camilo Henríquez planteaban a la elite chilena los principios enunciados por los pensadores políticos de la Ilustración europea: los hombres nacen libres e iguales, las instituciones de gobierno deben basarse en un pacto o contrato social consagrado en una constitución que debe ser elaborada por representantes ilustrados, inspirados de virtud patriótica y designados mediante elecciones.

Algunas de estas ideas eran anteriores al siglo XVIII, pero los filósofos políticos de  entonces las habían integrado en una crítica profunda del antiguo régimen estamental.  Estos ideólogos, Rousseau y Montesquieu entre otros, y sucesos como la independencia de los Estados Unidos, impresionaron a Camilo Henríquez y a muchos patriotas americanos.  Según Simón Collier, la elaboración de la ideología revolucionaria en Chile fue la obra de  muchos hombres, pero Camilo Henríquez tiene el honor de haber sido el primero y, en cierta manera, el más constante de los pensadores políticos de su época (5).  Fray Camilo, padre del periodismo chileno, fue el gran difusor de las ideas que estremecieron el orden colonial.  A partir de febrero de 1812, disponiendo de una nueva técnica en el país: la imprenta, continuó esta propaganda hasta el fin de la “patria vieja” en octubre de 1814.  Durante su exilio escribió para la prensa bonaerense. De retorno en Santiago en 1822, prosiguió sus labores periodísticas y políticas hasta su muerte en 1825.

Los principios que propagó, no sólo influyeron el período de la independencia chilena, sino que han determinado hasta hoy los conceptos básicos del debate político nacional: democracia, republicanismo, elección de representantes, separación de poderes, igualdad ante la ley y constitucionalismo.  Ideas fuertes, pero cuya materialización difícil y frágil requiere ser defendida permanentemente por ciudadanos educados.

Bibliografía

1.  Ver del autor: Camilo Henríquez y la “Aurora de Chile” en Le Monde diplomatique (edición chilena), enero-febrero 2012, y La primera Junta de Gobierno de Chile en El Canillita, septiembre 2010.

2.  Textos completos de la Proclama y el Sermón en Escritos políticos de  Camilo Henríquez, Introducción y recopilación de Raúl Silva Castro, Ediciones de la Universidad de Chile, Santiago, 1960 (www.memoriachilena.cl).

3.  BARROS ARANA Diego, Historia General de Chile, T. VIII, Editorial Universitaria y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana (según ed. 1884-1902), Santiago, 2002, pp. 207, 191 y 252.

4.  AMUNATEGUI  Miguel Luis,  Camilo Henríquez,  Imprenta Nacional, Santiago, 1889, T. I, p. 39.

5.  COLLIER Simon, Ideas and Politics of Chilean Independence (1808-1833), Cambridge University Press, 1967, p. 131.

 

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