Los domingos en Plainpalais

Plainpalais1_rPor Gasglav

Las ferias libres —esos espacios de comercio que cada semana irrumpen más o menos ordenadamente en las calles de ciudades y pueblos, son también, como los rayados en los muros, gestos residuales de soberanía popular. Si uno recorre la ciudad de Ginebra, especificamente el espacio abierto de Plainpalais, puede ver que los personajes que antes aparecían como aisladas anécdotas, son en verdad muchedumbre articulada.

Una muchedumbre cuyas huellas se pueden encontrar no sólo en veredas, esquinas y stands, sino en la historia misma de esta ciudad calvinista-capitalista-bancaria y occidental.

Todo esto es para recomendarles visitar la feria de los domingos en Plainpalais (también las hay los sábados y miércoles pero con caracteristicas diferentes), en la cual se puede ver una muestra fidedigna de los habitantes actuales de esta ciudad multifacética, sus culturas, comidas e idiomas. Por ejemplo, no se pierdan de probar los exquisitos churros españolisimos de Torcuato (y también sus comidas latinoamericanas) y en su espacio reservado para los clientes participar en la animada conversación que se entabla de mesa en mesa; casi al frente, el stand con lo mejor de los viñedos ginebrinos está siempre con mucho público saciando su sed; ahora encontramos a continuación los quesos y aceites de oliva de Italia y Grecia, tajinas, tartas y especialidades de Marruecos y Líbano, también alguna especialidad de los Balcanes en un puesto al parecer de un croata o serbio (o quizás bosnio?).

Para alegría de los sudamericanos encontrarán las especialidades típicas de Colombia y Perú más todo tipo de frutas tropicales como ananás (piñas en chileno), plátanos, mangos, sandías, melones, sin olvidar platos como el ajiaco colombiano y sus tamales; de Perú se encuentra la sopa de gallina, ceviche, rocoto relleno, papa a la huancaína y hasta pachamanca. Exquisiteces que podrá degustar como si estuviera en Sudamérica. Les dejo un dato especial: encontré muy cerca de la Feria, helados de lúcuma (si. Lúcuma en Ginebra!. mi helado favorito!!) (Gracias Julio por la picada)

En esta feria dominical ginebrina encontramos el mismo espiritu libertario de las ferias libres de Madrid, Barcelona, Milan, Paris, Praga, Lima o Santiago de Chile. Esas ferias que existen en muchos países de América latina se pueden seguir sus rastros en los decretos reales de las ferias de las ciudades españolas y, en las cercanías del siglo doce, por los mercados libres de las ciudades de Europa central.

Todo esta vida que bulle en Plainpalais se agolpa en los ojos cundo uno observa, ya no sólo a los feriantes, sino a vendedores ambulantes o establecidos que van de feria en feria, en los músicos “rom” u otros músicos de paso, siempre ahí, arreglándose la vida en los márgenes de la economía actual. Lo que vemos en esa muchedumbre es un proyecto de supervivencia popular que necesita de la ciudad, y que se apropia de lugares de ellas. no es “la soberanía en sí”, ni la razón política o histórica en sí la que lleva a los estos vendedores a inundar como una avalancha el espacio público y las bases del gran comercio global, sino, simplemente, la necesidad de ganarse su vida en las ciudades y pueblos.

La gente que acude a ellas necesitan no solo adquirir mercaderias, sino cumplir esa necesidad intangible de comunicarse con otros seres humanos pero no esencialmente como un conjunto de carencias, déficit y necesidades, sino como permanente iniciativa social creadora y soberanía residual potenciada al máximo. Es la importancia de apropiarse del espacio público (lo público) de la ciudad. Por algo será que en este mercado dominical de la ciudad pueden encontrarse paseando como “distraídamente” a más de algún político local que sabe que es bueno “mostrarse” y que los votantes recuerden que él existe.

Se dice que al final del medievo, en Europa central comenzó a aparecer en las puertas de las ciudades un letrero que decía: “El aire de la ciudad te hace libre” y así el pueblo o los humildes fueron capaces de generar su propio espacio público, el cual, al menos en lo que se refiere al comercio de los elementos básicos y mínimos para la subsistencia cotidiana, controló soberanamente ella misma, tanto en terreno propio como en territorio ajeno. Controlar una parte del espacio público, sin embargo, no es un regalo. El espacio público en la ciudad es un terreno siempre en disputa.

No hay un espacio público “mítico”, sino lugares de cuyo uso se apropian algunos actores sociales, expropiando a otros. Pero mientras unos controlan, otros compiten por ese control, o lo resisten. Es una especie de guerrilla cívica que el comercio informal ha mantenido por siglos con el sistema central, a lo largo de más de trescientos años, en una lógica de poder que cíclicamente transita entre la aceptación y represión del otro. Nunca la autoridad ha cejado en sus intentos de vigilar y castigar, normar y cercar al comercio informal; y éste nunca ha dejado de resistir e insistir, alteando los sentidos y usos espaciales. Lo hace sin constituir discursos totalizantes o como dice el historiador chileno Gabriel Salazar: “sin proyección política ni revolucionaria”, pero como residuo de soberanía popular que constituye “la matriz vital de los nuevos movimientos sociales”.

Quizá, entonces, el gesto con que el vendedor callejero despliega cada día en la vereda el paño sobre el cual coloca sus mercancías (costumbres conocidas en América Latina), subvierte en muchos sentidos el orden que lo expulsa. Día tras día regresa, está ahí y vuelve a estar, en el margen de la economía urbana. No todo puede ser Globus, Migros, Coop, C&A, Grand Passage y todas esas marcas a nivel mundial….estas ferias casi anárquicas hacen bien y son necesarias porque están algo más cerca de la gente, o sea, del pueblo.

Ya sabe, si visita la feria de los domingos en Plainpalais, allá nos vemos!

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